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Carlos MuñozRevista Juventud

Una clase, un Partido, un mismo horizonte

By 17/06/2026No Comments

Hablar hoy de la reconstrucción del comunismo en España implica asumir una realidad que en los últimos años se ha hecho más que evidente. La evolución de lo que fuera el Partido Comunista histórico en nuestro país ha mostrado, de forma cada vez más clara, una creciente asimilación socialdemócrata, una completa subordinación a las lógicas institucionales y al posibilismo político. No obstante, este proceso no es solo producto de un contexto particular o de una correlación de fuerzas determinada, sino el resultado de décadas de penetración de lógicas que terminaron, hace ya mucho tiempo, desdibujando el horizonte revolucionario.

El problema al que nos enfrentamos como clase, por tanto, no es exclusivamente organizativo o táctico. Es un problema profundamente político y estratégico. La sustitución de nuestro objetivo histórico —la toma del poder y la organización de la clase obrera como sujeto revolucionario, como clase para sí— por una práctica centrada en la gestión del capitalismo, vació durante años de contenido y de sentido el proyecto comunista. Como resultado, para la clase obrera, el Partido ha dejado de valorarse como una herramienta para la transformación revolucionaria y ha pasado a convertirse, en muchos casos, en un actor más dentro del orden existente.

Esta deriva, que se constató hace ya medio siglo en España, tuvo consecuencias evidentes. Por un lado, una política cada vez más alejada de la realidad material de la clase obrera. Por otro, una clase que vive sus condiciones de explotación sin una traducción política capaz de unificarlas en un proyecto transformador. Se produjo así una ruptura entre Partido y clase, entre teoría y práctica, entre estrategia y acción cotidiana.

Sin embargo, esta crisis en la que aún estamos sumidos, no puede entenderse únicamente como decadencia. Es también el punto de partida para la reconstrucción. Durante los años 80 en nuestro país surgieron destacamentos que, hijos de estas contradicciones, trataron de reconstruir el proyecto comunista. De volver a orientarlo hacia unas lógicas revolucionarias. A ellos les debemos mucho. Sus errores, pero también sus aciertos, son aprendizajes que hoy debemos integrar si queremos recuperar ese Partido de la clase trabajadora. El II Congreso del PCTE marcó precisamente un punto de inflexión en esta línea, a través del debate y la elaboración del Manifiesto-Programa se inició un proceso de autocrítica y examen que finalizaba en la recuperación del horizonte estratégico abandonado. Cuatro años después, la Tesis III de este III Congreso viene a desarrollar una cuestión decisiva: cómo traducir ese plan general en intervención real, en capacidad efectiva de influencia en el seno de la clase obrera.

No se trata, por tanto, de dos problemas distintos —modelo de Partido e intervención de masas—, sino de dos dimensiones de un mismo proceso. El objetivo principal es comenzar a establecer claves y aplicaciones concretas para organizar la revolución en las condiciones concretas del presente. Para ello, partimos de que la revolución no es una abstracción, un futurible, sino una posibilidad inscrita en el presente: las condiciones materiales para la superación del capitalismo han madurado sobradamente. Vivimos en la fase imperialista del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital, la intensificación de las crisis, la agudización de la contradicción capital-trabajo y el recrudecimiento de los conflictos a escala internacional.

Sin embargo, esta maduración objetiva no se traduce automáticamente en conciencia revolucionaria. La vida cotidiana de la clase obrera genera conflictos, sí, pero estos aparecen fragmentados, desorganizados y mediados por la ideología burguesa. En ausencia de dirección política, estos conflictos tienden a permanecer en el terreno de lo inmediato, de lo espontáneo, siendo fácilmente reconducidos hacia soluciones reformistas. Aquí reside una de las claves fundamentales del marxismo-leninismo: la conciencia revolucionaria no surge espontáneamente de la experiencia de explotación. Requiere mediación, elaboración y organización. Y ese proceso solo puede desarrollarse a través de un instrumento específico: el Partido.

El Partido no es, por tanto, un actor externo que interviene sobre la clase o una estructura que observa los conflictos desde fuera. Es la herramienta imprescindible para la fusión del comunismo científico con las masas. Es el mecanismo mediante el cual la experiencia fragmentada de la clase se eleva a conciencia política unificada, a proyecto revolucionario. Sin esa mediación, la lucha de clases queda atrapada en los límites burgueses, pero, con ella, se abre la posibilidad de transformar la resistencia en ofensiva, lo inmediato en estratégico y lo disperso en organizado. Lo contrario, las prácticas políticas externas a la cotidianeidad de la clase, son modelos claramente burgueses, que se reimplantaron en el movimiento comunista de nuestro país a través del eurocomunismo. Práctica externa es separar la política de la experiencia cotidiana, convertir a la clase obrera en mero objeto de intervención, y no en sujeto activo de transformación.

La Tesis III de nuestro III Congreso desarrolla una reubicación radical de la práctica política comunista, que no es otra cosa que la puesta en marcha del «giro obrero». Constata que la política comunista no puede ejercerse al margen de la experiencia diaria, sino en el seno mismo de los espacios donde la clase trabaja, pero también donde vive y se organiza. Ello implica entender al Partido no como una entidad separada, sino como la expresión organizada de su sector más avanzado, su vanguardia en un sentido leninista. Una facción de la propia clase que se articula, se desarrolla e introduce la conciencia desde fuera, no en un plano espacial, sino en un plano ideológico. No hay, por tanto, dos sujetos metafísicamente independientes —Partido y clase—, sino un proceso dialéctico que para desplegarse demanda la organización comunista en los espacios de socialización.  

Esta concepción, si es analizada en profundidad, tiene implicaciones profundas. En primer lugar, obliga a situar la intervención entre las masas en el centro de la actividad política, hacerla concreta, no observando la lucha de clases, sino interviniendo en ella de forma consciente y planificada. En segundo lugar, obliga a definir con creatividad el propio modelo de Partido. Un Partido que no está inserto en la clase, que no actúa en sus espacios, que no influye en sus procesos reales, es un Partido incapaz de cumplir su función histórica. 

La espontaneidad del movimiento de masas, especialmente en la fase imperialista del capitalismo, está profundamente condicionada por la hegemonía burguesa. Una de las claves de esta hegemonía es precisamente el papel que juega la socialdemocracia, la cual actúa, política y socialmente, como mecanismo de integración y control. De ahí que la lucha contra el oportunismo no sea un elemento secundario, sino una condición necesaria para el desarrollo de la conciencia revolucionaria.

Pero esta tarea no puede abordarse desde la improvisación: el Partido requiere de planes que concreten la estrategia en distintas fases, que orienten la actividad de sus militantes y cuadros, y requiere, además, de actuación unificada. En este marco, el centralismo democrático muestra su verdadero significado como garante de una actuación política definida y simultánea.

Por eso es necesario insistir: el Partido no es un fin en sí mismo. Es un instrumento al servicio de la clase obrera y de su proyecto histórico. Cuando se pierde de vista este principio, el Partido tiende a autonomizarse, a adaptarse al sistema que debería combatir. Esta concepción instrumental tiene otra consecuencia: la forma del Partido no puede ser estática. Es imposible que un partido cuya forma organizativa permanece inalterada durante largos periodos pueda seguir siendo revolucionario. La organización debe responder en cada momento a las necesidades de la lucha de clases, a la correlación de fuerzas y a las tareas del periodo.

Y aquí es donde aparece de forma especialmente relevante la cuestión de la flexibilidad. Esta flexibilidad táctica, contextual, no implica renunciar a los principios. Sino justo lo contrario. Implica aplicarlos de forma concreta. Implica combinar firmeza estratégica y flexibilidad táctica. Sin principios, la flexibilidad se convierte en oportunismo, pero sin flexibilidad los principios se convierten en lengua muerta. 

Este equilibrio es especialmente necesario en las condiciones actuales: vivimos en una etapa no revolucionaria, caracterizada por la estabilidad del poder burgués y por su capacidad para absorber y reconducir los conflictos. Pero esta estabilidad es relativa. El sistema imperialista ha entrado en una fase de creciente volatilidad, donde lo que hoy parece estable puede cambiar rápidamente. En este contexto, la tarea de los comunistas no es esperar pasivamente a que las condiciones cambien, sino preparar activamente el factor subjetivo. Es decir, construir las condiciones políticas, ideológicas y organizativas que permitan aprovechar las oportunidades que en un momento u otro se abran. 

Es por esto por lo que la tarea inmediata es recomponer política e ideológicamente a la clase obrera. La construcción de entornos organizados y la intervención en estructuras de masas son vías necesarias para ampliar la influencia comunista y reconstruir un tejido político debilitado. Esto exige garantizar, en primer lugar, el círculo inmediato de influencia comunista: organizar el entorno del Partido y estabilizar las formas de aportación y vinculación al proyecto revolucionario, instaurando mecanismos que permitan elevar progresivamente el nivel de conciencia y organización en un contexto de debilitamiento del movimiento de masas para desarrollar nuevos cuadros obreros y comunistas. 

Este proceso de recomposición no es lineal, implica avances y retrocesos, contradicciones, errores y aprendizajes. Pero tiene un punto de partida claro: la necesidad de reconstruir la independencia política del proletariado. En este camino, el debate, la clarificación ideológica y la autocrítica son imprescindibles. Los comunistas hoy debemos seguir siendo firmes en los principios, pero al mismo tiempo creativos. Tenemos la obligación de dar nuevas respuestas a nuevas preguntas. 

Esa es la única forma de mantener viva una tradición que se ha mostrado y se sigue mostrando cierta en condiciones cambiantes. Y es también la condición sine qua non para que el Partido pueda cumplir su función histórica: integrarse plenamente con la clase acabando para siempre con la explotación del hombre por el hombre.