Francia, Bélgica, Italia, Grecia, Albania, España… En todos estos países, amplios sectores de la clase trabajadora han tomado las calles por diversos motivos: la defensa de los servicios públicos, el precio de la vivienda, la oposición a la guerra imperialista… Reivindicaciones diversas, pero con un denominador común. En muchos de estos movimientos, además, el componente juvenil ha sido especialmente visible y ha actuado como motor de numerosas movilizaciones, que en algunos casos se han extendido desde el movimiento estudiantil hacia los sectores obreros, como ha ocurrido en Francia.
En primer lugar, debemos preguntarnos por qué estas movilizaciones se han producido ahora y de manera simultánea en distintos países. Conviene aclarar que esto no es una cuestión de adivinación: los momentos de mayor combatividad de la clase no responden a una fórmula matemática estricta, aunque sí podemos identificar y estimar determinados flujos de movilización si atendemos a los ciclos del capital. Por otro lado, aunque Francia, Bélgica, Italia o España sean países diferentes, el modo de producción que opera en todos ellos es el mismo. El capitalismo, independientemente del color político de los gobiernos que lo gestionan, produce, en esencia, las mismas consecuencias para la clase explotada.
Vayamos un paso más allá y detengámonos en comprender el tipo de políticas que una de las alianzas imperialistas más importantes del mundo, la Unión Europea, lleva implementando desde hace años. Las burguesías de los Estados miembros de esta alianza son, por un lado, cómplices y responsables del mantenimiento de sus respectivos países dentro de las instituciones europeas y, por otro, ejecutoras de los mandatos y directrices que emanan de ellas. Lo que queremos señalar con esto es que la clase obrera en Europa se ve sometida a unas condiciones de vida esencialmente similares. Los recortes y la externalización de los servicios públicos, las leyes estatales de represión, la flexibilización de las relaciones laborales y la inflación constituyen una pauta generalizada en todos los países donde las protestas han llenado las calles durante las últimas semanas.
Todo ello, no lo olvidemos, bajo la amenaza permanente de la guerra imperialista, que ya llama a nuestras puertas. El aumento del gasto militar —por mucho que nuestro Gobierno se jacte de no haber alcanzado la cifra exigida por la UE— no es el único indicio de los preparativos generalizados para la guerra. El plan ReArm Europe, aprobado en marzo de 2025, establece diversos mecanismos para flexibilizar y orientar los presupuestos hacia la defensa. El viraje de determinados sectores industriales hacia la producción de armamento y el incremento de las inversiones en empresas tecnológicas dedicadas al desarrollo de nuevos dispositivos bélicos constituyen también mecanismos de preparación y financiación de la guerra. Las cifras del rearme europeo son, en cualquier caso, elocuentes: en 2025 se alcanzó un máximo histórico de gasto militar en Europa, con 864.000 millones de dólares, al tiempo que los países miembros de la OTAN asumían el compromiso de incrementar hasta 2035 el porcentaje del PIB destinado a defensa y seguridad. Si trazamos este mapa de (des)inversiones y legislaciones, resulta sencillo identificar las prioridades y las tendencias actuales del capital en Europa.
Como señalábamos al principio, la juventud ha desempeñado un papel especialmente relevante en estas movilizaciones, como hemos podido observar en el movimiento estudiantil francés o en las acampadas por la vivienda en España. Tampoco es casualidad. Somos uno de los sectores de la clase más golpeados por las condiciones que hemos descrito. En España, nos encontramos con contratos cuyos periodos de prueba pueden superar el año, salarios medianos próximos al salario mínimo interprofesional y precios de la vivienda en máximos históricos. Todo ello conduce a una creciente imposibilidad de reproducir la vida en las condiciones que el propio capital necesita para garantizar su reproducción. La dificultad, cada vez mayor, de acceder a una vivienda constituye quizá el ejemplo más evidente de esta contradicción. A ello se suman las dificultades para acceder a productos básicos y el deterioro de los servicios públicos, otras tantas expresiones de la degradación de las condiciones de vida del conjunto de la clase.
La combatividad que emerge de estas contradicciones no necesita ser inventada ni importada desde fuera, sino que nace de las propias condiciones de existencia de la juventud trabajadora. Así, nuestra tarea consiste en avivarla, contribuir a que encuentre una expresión organizada y dotarla de una perspectiva revolucionaria. Estas son las condiciones en las que hemos presenciado algunas de las mayores movilizaciones de los últimos años, coincidentes en distintos puntos de Europa. Pero la combatividad espontánea de la clase no se traduce automáticamente en conciencia revolucionaria: constituye, por el contrario, un terreno de disputa política en el que distintas fuerzas tratan de orientar el descontento hacia sus propios intereses.
Los movimientos de masas a los que nos referíamos al comienzo eran, pues, previsibles en términos generales. También lo eran para determinados sectores del oportunismo, que históricamente han tratado de canalizar el descontento y las reivindicaciones de la clase bajo una lógica cortoplacista y abiertamente posibilista. De este modo, algunos ven en el momento actual la oportunidad de reorganizar coaliciones electorales. Resulta especialmente reseñable la proliferación de los llamados frentes progresistas, que pretenden aglutinar un supuesto «voto útil contra el fascismo». Así lo vemos en la Alianza de la Izquierda Griega, La Francia Insumisa, el Campo Largo italiano o el Frente Amplio en España.
Los cantos de sirena producen los mismos efectos, procedan de viejas o nuevas coaliciones socialdemócratas. Frente a ello, los objetivos y las tareas de los comunistas están claros. Lenin ya expuso la necesidad de transformar la espontaneidad en conciencia revolucionaria: las luchas económicas, que surgen de manera espontánea, constituyen el embrión a partir del cual puede desarrollarse una lucha política consciente y revolucionaria. Los y las jóvenes comunistas tenemos aquí un papel decisivo: organizar a la juventud trabajadora en los centros de trabajo, de estudio y en los barrios, como condición indispensable para desarrollar un programa político propio e independiente, junto al resto de la clase. El fortalecimiento del Partido Comunista en cada país constituye, asimismo, una condición necesaria para garantizar la dirección revolucionaria de la organización de la clase.
Y es precisamente esta construcción partidaria, junto con la toma de conciencia del origen común de las luchas que estamos librando, ya sea en Bélgica, Italia o Portugal, lo que nos permitirá comprender verdaderamente el papel histórico que desempeñamos los y las comunistas en cada uno de nuestros países. El carácter nacional de nuestras luchas no puede hacernos perder de vista que el capital belga, italiano o portugués se encuentra, a su vez, completamente entrelazado con el europeo. Frente a un sistema que reproduce incesantemente la miseria, nuestra tarea pasa por levantar la oposición obrera y construir, en cada país, las condiciones para abrir la vía revolucionaria que permita arrebatar al capital el poder de decidir sobre nuestras condiciones de vida.
