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Andrea PolCristina ReinaRevista Juventud

De la rabia individual a la salida colectiva: por qué las jóvenes trabajadoras elegimos organizarnos.

By 23/10/2026No Comments

Desde que damos nuestros primeros pasos en este mundo, somos ya testigos, muchas veces sin comprenderlo muy bien, de un sinfín de violencias que limitan y delimitan nuestras vidas. Pero entre todas ellas, cuando las vives siendo una niña, siempre hay algunas que resuenan especialmente: el comentario sobre nuestro cuerpo, ese consejo cargado de miedo sobre cómo volver a casa o no poder jugar con nuestras madres porque dedican todo el tiempo que les sobra después de trabajar a tareas de cuidados invisibles.

Situaciones tan claras, evidentes, generalizadas y sostenidas en el tiempo, que es imposible no reparar en ellas. Situaciones que activan un piloto rojo en nuestra consciencia y nos obligan a hacernos la primera de todas las preguntas que habremos de formularnos a lo largo de nuestra vida: ¿Por qué ocurre y por qué a nosotras? Y precisamente porque esa duda se nos clava tan hondo, no es de extrañar que sea esta la forma en que muchas iniciemos nuestro proceso de politización: bajo el paraguas de lo que vagamente podemos empezar a vislumbrar como la emancipación de la mujer.

Sin embargo, este despertar pronto choca con la realidad de un campo que se nos presenta como un camino tan amplio, intrincado y heterogéneo, que es muy fácil perderse y que nos abre, a todas luces, muchas más preguntas que respuestas. En nuestro afán por responderlas, empezamos a divagar sin rumbo en todo ese mar de remedios parciales y medias verdades donde las soluciones individuales, la ambigüedad y el sometimiento a los estrechos límites del sistema parecen ser las únicas salidas posibles.

Y cuando todo parece que ha perdido el sentido y el camino parece haberse convertido en una rotonda infinita de planteamientos que no aportan nada para cambiar la miseria en la que vivimos, echamos la vista atrás y es entonces cuando nos damos cuenta de que no podemos conocer las respuestas que nos faltan si no tenemos en cuenta la pieza fundamental que hace girar todo el engranaje: la cuestión de clase.

Aquellos ejemplos de nuestra niñez cobran un nuevo sentido cuando entendemos que no sufrimos igual quienes volvemos a casa en transporte público o andando, expuestas a situaciones de inseguridad, que quienes lo hacen en coche privado o con chofer; que no vive igual la carga de los cuidados quién puede subcontratar a otra mujer precarizada que quien se consume en una doble jornada infinita. Tampoco sufrimos igual quienes, trabajando de cara al público, nos vemos obligadas a callar y sonreír ante los comentarios de clientes o jefes porque no podemos permitirnos perder el salario, que aquellas para las que la estética es solo un accesorio de distinción social. Llegadas a este punto, aquella pregunta queda perfectamente respondida por sí misma: las violencias del machismo nos afectan especialmente no solo por ser mujeres, sino por ser mujeres de clase trabajadora.

Es en este sentido en el que las comunistas reivindicamos el 8 de marzo, con su nombre y apellido con todo lo que ello implica: Día de la Mujer Trabajadora. No como una mera conmemoración vacía con discursos formales sobre la igualdad en abstracto, perfectamente asumibles por un sistema en el que, ya de base, el término igualdad carece de todo el sentido posible. Porque por muy loables que sean las intenciones que todas, de una forma u otra, hemos tenido mientras vagábamos en este camino de búsqueda de respuestas del que hablábamos, no es posible erradicar el machismo sin encontrar su punto nodal: los cimientos de un sistema que legitima y perpetúa su reproducción para salvaguardar los beneficios económicos de unos pocos a costa de todos los demás.

Y como tal, nos vemos hoy obligadas a vivir una vida a todo tren. Forzadas, cada vez más, a compatibilizar estudios con trabajo si queremos formarnos. En unos centros de estudio, cada vez más privatizados, donde nos vemos relegadas por condena a las ramas de cuidados, bajo el pretexto de la libre elección y obviando por completo los roles de género que han articulado la crianza y socialización de todas nosotras. En unos centros de trabajo donde la precariedad tiene rostro de mujer joven: las primeras en ser despedidas en momentos de crisis y las que soportamos peores condiciones de trabajo, temporalidad y parcialidad bajo un falso pretexto de conciliación que realmente nunca llega a darse.

Y es precisamente en ese punto, cuando empezamos a atar los cabos que parecían sueltos, cuando empieza también a hacerse presente otra sensación más difícil de nombrar, pero profundamente compartida: el cansancio. Porque si algo caracteriza ese camino lleno de preguntas es que, durante demasiado tiempo, las respuestas que encontramos no alcanzan a explicar, ni mucho menos a transformar, lo que vivimos. Nos hablan de empoderamiento mientras seguimos encadenando contratos precarios; nos invitan a cuidarnos mientras el tiempo y la energía nos son arrebatados… Situaciones que no son nuevas, que reconocemos, que se repiten. Y, sin embargo, respuestas que no terminan de estar a la altura de lo exigido.

No es extraño, por tanto, que muchas de nosotras atravesemos momentos de hartazgo. Momentos en los que aquella rabia que en un inicio nos empujaba a cuestionarlo todo empieza a perder nitidez, a diluirse poco a poco en una sensación más pesada, más difícil de sostener: la impotencia. Porque cuando una busca transformar la realidad, pero solo encuentra alternativas que no la cuestionan en su raíz, lo que termina por imponerse no es otra cosa que el agotamiento y, con él, la tentación de abandonar.

Sin embargo, es también en ese mismo punto donde algo empieza a desplazarse. Porque comenzamos a reconocernos en otras: en gestos, en silencios, en relatos que se repiten con distintas formas, pero un mismo fondo. En la compañera que no llega, en la que sostiene más de lo que puede, en la que se agota en lo cotidiano. Y es en ese reconocimiento donde lo que antes parecía aislado empieza a revelarse como común. Donde comprendemos que aquello que vivimos no es excepcional, sino profundamente compartido. Y que, por tanto, la salida también debe serlo.

Frente a esa rotonda infinita de discursos vacíos, existen espacios donde ese reconocimiento se convierte en punto de partida. Espacios donde la rabia deja de dispersarse y empieza a tomar forma. Donde se construyen herramientas colectivas para intervenir sobre la realidad que habitamos. Ejemplos de ello los encontramos en organizaciones de mujeres obreras como La Lumbre en Madrid, AMOC en Cantabria (Agrupación de Mujeres Obreras de Cantabria) o La Revolucionària en Cataluña, donde ese tránsito de lo individual a lo colectivo deja de ser una idea abstracta y se convierte en práctica cotidiana. Lugares en los que la formación política y el apoyo mutuo no son un complemento, sino una necesidad.

Y es también desde ahí desde donde cobra sentido la organización en la Juventud Comunista. Porque si algo vamos entendiendo en este proceso es que ninguna mejora real para las mujeres trabajadoras puede darse sin transformar el sistema productivo que sostiene nuestras condiciones de vida. Que no bastan reformas parciales, ni soluciones individuales, porque mientras las bases materiales permanezcan intactas, las violencias seguirán reproduciéndose.

Por eso, frente al agotamiento y la frustración, la tarea que se abre ante nosotras es clara, aunque no siempre sencilla: organizarnos. Salir de la lógica individual en la que tantas veces nos vemos atrapadas y apostar por la construcción colectiva. Porque es solo ahí donde la rabia deja de cerrarse sobre sí misma y empieza, poco a poco, a convertirse en una fuerza capaz de transformar nuestra realidad.