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Revista JuventudSergio de Diego

Diario desde la periferia

By 12/04/2026No Comments

Suena el despertador a las 6:30. Extiendo el brazo para apagar el ruido punzante mientras intento no clavarme los muelles que me impiden dormir bien muchas noches. Por eso no siento la espalda desde que me mudé aquí. Tengo que cambiar esta mierda de cama en un momento que no encuentro. Me levanto intentando no hacer mucho ruido, no quiero despertar a mis compañeros de piso, aunque creo –con lo mal que duermo, no distingo tiempos ya– haber escuchado a uno de ellos un par de horas atrás que llegaba de trabajar.

Hace un tiempo nos dijo la casera en el anterior piso que quería reformarlo, que tendríamos que abandonarlo cuando el contrato se acabase. Nos mintió. Poco después encontramos nuestro piso puesto en alquiler: mismas habitaciones sin luz natural, mismas goteras sin arreglar, mismas ventanas que dejaban pasar el frío en invierno, pero 400€ más caro. Desde entonces, he visto más apartamentos que películas. Abría la aplicación de Idealista como quien mira el tiempo antes de salir de casa. Vi de todo: estudios en los que al levantarte de la cama te encontrabas en la cocina, inodoros al lado de vitrocerámicas, quintos sin ascensor, grietas más grandes que yo.

Pero donde encontré el mayor problema fue en mi trabajo. Llevo trabajando desde los 18 años. Empecé en una ETT mientras estudiaba en la universidad, cubriendo puestos en caterings, mozo de almacén, cocinero, lo que hubiese. Mis padres, por suerte pudieron ayudarme con la carrera y el máster; y, aunque pagando una barbaridad, lo terminé. Desde entonces intento buscar curros de lo mío. La temporalidad y los sueldos de mierda han marcado esos años posteriores: periodos con contrato pero luego otros en los que me despedían y tenía que volver a puestos mal pagados, con horarios partidos que imposibilitaban cualquier tipo de ocio. Y claro, esos trabajos, además, no están bien vistos a ojos del rentista, que cuanto más dinero te puedan chupar, mejor les viene, y si has venido encadenando contrato temporal tras contrato temporal te mandan por la puerta por donde has entrado.

Al final encontré un piso, pero para ello tuve que renunciar a casi todos mis irrenunciables, a todas mis líneas rojas. ¿Es que voy a estar así toda la vida? ¿Tendré que renunciarme a mí mismo? Me despierto a las 6:32, dos minutos después de que suene el despertador. Desayuno un café rápido, he decidido sacrificar el desayuno para estar un poco más de tiempo en la cama. Me lavo los dientes en silencio, mientras caen las gotas del grifo cerrado. Y salgo. Tras meses de búsqueda había encontrado piso, sí, a una hora de mi trabajo en transporte público.

El tren sale a las 7 de la mañana, aunque casi siempre viene con retraso. Subo y busco asiento, si tengo suerte. Si no, como es ya costumbre en mi día a día, me agarro como bien puedo a la barra de metal que cae del techo, junto con el otro centenar de pasajeros que hay en mi vagón. Dejo la mochila en el suelo para dejar espacio a otra persona que entra apretándose, intentando hacerse un hueco en este vagón cada vez más pequeño, y reconozco a las personas, comparto con ellas horas todos los días. ¿Me reconocerán como yo a ellos? Pasamos por los mismos paisajes, vemos los mismos rostros día sí y día también, compartimos el mismo destino durante horas.

Y tras varias decenas de paradas, me bajo. Alquilé un piso a las afueras de la ciudad, no por ahorrar, sino porque era lo único que podía permitirme. Pero lo que no estoy pagando en alquiler, lo pago todos los días en tiempo: tiempo que no recupero. Nuestras vidas se miden en trabajo y el trabajo en tiempo y todo lo demás se ordena en función de eso. Tres horas al día, 15 a la semana, más de 600 al año, casi un mes viajando en tren. ¿Y para qué? Seguiré pagando el alquiler de un piso que se cae a cachos, mientras mi casero, a quien ni siquiera conozco, sigue viviendo con una parte de mi salario, de las migajas que me dan a cambio de todas las horas de trabajo y dinero que les regalo a mis patronos. Mi jefe, mientras que con una mano culpa de mi miseria a otros, se esconde ese beneficio que obtiene de mi trabajo con la otra. Y yo seguiré viajando tres horas todos los días, enlatado en un vagón durante un mes al año.

Salgo a las 19:00 y vuelvo a casa, el brazo agarrado a donde puede ya no me sostiene en el vagón. Me bajo del tren ya de noche. No hay nadie en la calle. Solo quedan un par de bares abiertos en la zona, pero ni rastro de un sitio de descanso y conversación en el que no tenga que pagar. Llego al portal de mi casa, subo y me hago la cena. Como en silencio, mientras escucho las noticias que cuentan todas las desgracias del mundo y me acuesto. ¿Cuánto aguantaré así?

Suena el despertador a las 6:30, me levanto, pero hoy el amanecer tiene un color rojizo.