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Esteban DelgadoRevista Juventud

Turistificación y gentrificación. O cómo el capital nos expulsa de nuestros barrios

By 26/02/2026No Comments

No es algo extraño para un habitante de nuestro país convivir, ni que sea por temporadas, con cierta afluencia de turistas en nuestros espacios cotidianos. Asimismo, cada vez nos resulta más habitual ese sentimiento general de percibir nuestro entorno como algo ajeno, impersonal y desclasado.

Esa sensación tiene un fundamento objetivo palpable, no solo mediante la mera observación de la realidad de nuestros barrios, pueblos y ciudades, sino que también existen indicadores que dan seña de cómo cristalizan dichas sensaciones. En definitiva, algunas de las expresiones que adquiere el capitalismo bajo la explotación de la rama industrial del turismo.

Por empezar poniendo algo de contexto, el año pasado llegaron unos 93,8 millones de turistas a España. Esto supone prácticamente el doble de la población española, pero su distribución se da de manera concentrada en pocas comunidades autónomas. Algunos ejemplos claros son Catalunya, donde llegaron 19,4 millones de turistas extranjeros, las Illes Balears con unos 15,3 millones, o Canarias con 15,2 millones. Dicho de otra manera, en Barcelona ciudad, con unos 100 km2 de superficie, por cada 100 habitantes hubo 900 turistas, en Baleares unos 1.200 turistas por cada 100 habitantes, y en Canarias los turistas multiplicaban por 7 a la población.

Ante estas cifras que muestran en cierto grado la masificación del turismo en estas regiones, a nadie le sorprende  la aparición de la consigna «Tourists go home». Esta responde a una lógica espontánea, intuitiva incluso, cuando una persona residente relaciona algunos de sus problemas del día a día con la presencia ridículamente desproporcionada de los turistas en comparación a la población local. Una lógica que puede sentirse justificada en muchos casos, pero que en el fondo nos desvía del verdadero origen de la cuestión.

Gentrificación y turistificación

Uno de los mayores problemas compartidos por la población residente en zonas turísticas se puede resumir en una palabra: gentrificación. A menudo, este concepto viene de la mano de la turistificación, o se entiende que una es consecuencia de la otra. Bien, no es del todo así. A continuación pondremos sobre la mesa la relación que guardan ambos fenómenos.

Por un lado, la turistificación hace referencia al proceso por el cual un territorio determinado experimenta un incremento relativo del turismo y este pasa a ser un elemento estructural sobre buena parte de los servicios que se ofrecen en un lugar. Dicho de otra manera, es el proceso por el cual todo pasa a girar en torno al turismo.

Por otro lado, la gentrificación es un concepto que se refiere generalmente al proceso de expulsión de los residentes asentados en una zona, siendo sustituidos por otros de mayor poder adquisitivo. La razón inmediata viene a ser el incremento del valor de cambio potencial del suelo y de las viviendas sobre un barrio o un pueblo. Esto provoca que la población se vea forzada a mudarse a barrios más periféricos donde su poder adquisitivo resulta más ajustado. La reacción se encadena en un proceso constante de remodelación urbana, con base en la concentración de capital y la división del trabajo, el cual tiene como consecuencia el desplazamiento constante de  la población económicamente más vulnerable.

La manera en que se interrelacionan ambos procesos es intuible. Bajo el capitalismo, la burguesía y los rentistas buscan mantener su relación social de dominación sobre la clase obrera a toda costa. Un incremento extraordinario del turismo abre las puertas a los negocios para expandir su mercado a nuevos consumidores y de mayor capacidad económica. La gentrificación y la turistificación se convierten así en dos caras del mismo proceso. Las empresas que sepan anticiparse y leer el fenómeno en clave de sus intereses, destinarán sus productos y servicios a los turistas para incrementar sus ganancias. Esto pone de manifiesto que la burguesía no presta ningún servicio altruista a la sociedad ni solventa necesidades colectivas, como muchas veces se pretende pintar, sino que se ceba de ellas. Los capitalistas invierten su capital allí donde consideran que tienen posibilidad de obtener más beneficios y competir con otros capitalistas en un nicho de mercado determinado, sea el sector que sea. Aquellos negocios considerados «de toda la vida» en los barrios céntricos o tensionados por el turismo se verán obligados a competir con los monopolios o nuevos inversores si quieren mantener su posición de clase.

También se expresa la gentrificación expulsando de sus viviendas a las familias obreras. Considerando la premisa anterior, en que el empresario invierte su capital allí donde le pueda generar una rentabilidad, hace décadas que nos situamos en un paradigma donde el capital bancario expandió su negocio a la inversión y promoción inmobiliaria. Aquí el turista –que inserta su actividad en las dinámicas generales del turismo de masas nacional e internacional– poco tiene que ver en realidad con el fenómeno, pues lo que aquí se expresa no es ni más ni menos que una relación social capitalista que no otorga necesariamente un rol al turista. Es el banco, el inversor, el burgués, quien ejerce la compra de terrenos o viviendas con la intención de especular. Del mismo modo que un restaurante puede adaptarse a la demanda del consumidor extranjero de alto poder adquisitivo, y garantizarse la rentabilidad por la más que evidente turistificación, los propietarios de viviendas pueden destinar su mercancía a otro tipo de arrendatarios. A turistas, en el caso de viviendas vacacionales, o a expats, cuyos salarios responden a la reproducción de la fuerza de trabajo en países situados por encima de España en la pirámide imperialista.

La homogeneización de los centros históricos

La turistificación y la gentrificación dibujan un paisaje urbano que refleja bien en qué consiste el capitalismo. No es casualidad que en Madrid y Barcelona tengamos calles como la Gran Vía y el Passeig de Gràcia. La planificación urbana y de los usos no se da en abstracto ni respondiendo a dinámicas etéreas que conducen a patrones identificables como el de estos dos ejemplos. La ordenación territorial se ejerce por y para el capital, y es la burguesía la que disputa el espacio. El centro, los lugares con mayor conectividad de las ciudades, son los más adecuados para generar núcleos de consumo y maximizar su alcance de clientes.

Lo que tenemos en la actualidad es la viva apariencia de la concentración de capitales, ocupando grandes edificios y letreros que sellan la ciudad con sus marcas. Como si de banderines se tratara, un paisaje repleto de logos que marcan el territorio privado de cada una de las empresas. Y esta concentración lleva necesariamente a la homogeneización del espacio percibido. El momento histórico bajo el capitalismo en su fase monopolista termina de aniquilar los vestigios de la pequeña burguesía en aquellos espacios que ya no pueden apropiarse. Se aniquila la idiosincrasia de los lugares, incluso aquella que apareció característica del ascenso de la burguesía local, y las costumbres y festividades locales se transforman en experiencias de consumo para el turista. El estilo de vida se ha sustituido por uno globalizado, los bienes de consumo y las actividades que se realizan en nuestras ciudades son las mismas que se realizan en cualquier otra ciudad europea. Este hecho no responde solo a la dinámica de concentración, sino también a la facilidad que esto supone para homogeneizar el consumo entre unos clientes que van mucho más allá de lo local. Tendencia cosmopolita que facilita y crea el caldo de cultivo perfecto para que los sectores capitalistas “perdedores de la globalización” articulen un discurso reaccionario que conecta fácilmente con los sectores empobrecidos y afectados por la dinámica monopolista, que promueve por tanto el crecimiento de las posiciones reaccionarias en un contexto de recrudecimiento de las contradicciones imperialistas.

Viajar en el capitalismo

Si bien hemos visto cómo la organización del espacio y la producción tienen su reflejo en nuestra cotidianidad, y cómo se complementan las nuevas necesidades del capital con la promoción del turismo, falta por ver cómo el turismo en sí, tal y como se comprende desde el capitalismo, termina encerrando también en él una serie de relaciones sociales ocultas bajo la apariencia del acto de viajar.

En el turismo se pueden encontrar algunas analogías con la mercancía. De hecho, es frecuente que las personas residentes sientan que su ciudad o su pueblo sea una especie de mercancía o producto de consumo. Como si quien viniera aquí a pagar por estar tuviera el derecho absoluto sobre el uso de todo lo que ahí se encuentra durante el tiempo que dure la estancia. Vamos, como quien paga una entrada a un parque temático. Esta relación que hay entre turista y lugar es similar a la de cliente con establecimiento, aunque el mismo lugar puede entenderse como producto también. Todo ello no se entiende sin un modelo que podríamos decir que se basa fundamentalmente en la fetichización de la acción de viajar. Lo que en teoría se vende como conocer, visitar o explorar un nuevo lugar, conectar con la cultura o con su gente local, en la práctica se convierte predominantemente en la reproducción de una relación social mediada por el consumo constante de servicios que orbitan alrededor de una caricatura, concepto o marca turística de un sitio. Un consumo enajenado del territorio en el cual se insertan dichas relaciones, y que por descontado divorcian al habitante local de lo que es la tierra donde vive, completamente adaptada a esa forma de consumo. Desde restaurantes y tiendas de souvenirs hasta los propios apartamentos turísticos, con todo lo que ello implica hacia la clase obrera local.

Algunas conclusiones

A lo largo del artículo hemos analizado que las calles céntricas no son lugares de paso para transitar o pasear sin más, sino que son prácticamente centros comerciales a cielo abierto, con una continuidad de escaparates y tiendas de grandes monopolios que apelan masivamente a la compra. Que el espacio público se pone a disposición de la producción y del consumo, y su mantenimiento municipal vela para conseguir propiciar dicho propósito como eje fundamental. Las personas solo podemos ser consumidores o trabajadores de los establecimientos. Los turistas, que a duras penas saben qué están visitando, realizan el viaje con el fin de reafirmar una parodia del sitio que se les ha prometido en su estancia. No hay interacción entre viajeros y locales más allá de los momentos en que los trabajadores sirven cafés, cervezas y paellas a los turistas. No hay un enriquecimiento cultural mutuo que se promueva activamente. Las plazas, monumentos, parques e iglesias de repente son parques temáticos, y mientras, los barrios más codiciados son habitados por los expats –trabajadores extranjeros, con salarios elevados y habitantes en un país con peores condiciones de trabajo y vida que el suyo de origen. En medio de todo esto, la clase obrera se convierte en nómada, mantenerse en según qué barrios se vuelve un lujo, y el concepto de la mudanza aparece como una constante en la vida de cualquier joven de nuestra generación. No hay tiempo para el arraigo, ni espacio para un ocio alternativo al consumo. Los trabajadores somos arrinconados en la periferia, a los márgenes de la ciudad, y la vivienda que nos podemos permitir es más un lugar de almacenaje que de realización de vida privada y descanso.

En definitiva, la vida en las ciudades y los pueblos turísticos se vertebra sobre la figura del turista. Su presencia ocupa los lugares más atractivos y emblemáticos de nuestros pueblos y ciudades, y nuestra relación hacia ellos se vuelve, en un sentido literal inmediato, de servidumbre mediante el trabajo. No se trata de señalar individualmente al turista, pues nosotros mismos tendemos a serlo cuando podemos en otras ciudades y países, en la medida en que el turismo de masas es más accesible no sólo por una cuestión monetaria sino inercial; y las vacaciones y el descanso de nuestra clase un derecho a defender. Por mucho que de forma instintiva pensemos que son los turistas los que nos quitan las casas, ocupan nuestras calles y servimos en el trabajo, lo cierto es que no es así. Son los propietarios de las viviendas quienes deciden expulsarnos, son los políticos burgueses los que acondicionan el espacio público para el consumo, y no para nuestro esparcimiento. Son los empresarios de la patronal turística los que se lucran de nuestro trabajo, los que nos someten a salarios miserables y cobran los productos a precios desorbitados. Son ellos, sirviendo a sus intereses, desde el poder.

La aversión y el repudio que podemos sentir por la presencia de turistas a consecuencia de las problemáticas diarias derivadas de la turistificación es justamente la que deberíamos dirigir hacia la burguesía. La diferencia entre ambos es que al turista se le ve, en todas partes, cada día. Al rentista, al empresario y al político burgués, desde luego que no. Y precisamente son ellos quienes se enriquecen a costa de ceder nuestros espacios, de masificar nuestras calles, de echarnos de nuestras casas, de explotar nuestro territorio y el patrimonio. Son ellos los que se enriquecen al explotarnos a nosotros como clase.