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Alberto ArranzRevista JuventudRoger Aguilar

Salario, beneficio y renta: la economía política de la vivienda

By 12/01/2026No Comments

En el primer número de esta revista expusimos las claves de la economía política marxista, en el artículo Proletarios y burgueses, trabajo y capital: la importancia de la economía política y las claves generales de su análisis marxista. Estas claves podían leerse como el análisis de las distintas clases sociales dentro del modo de producción capitalista; sus particulares relaciones en la producción, distribución y circulación; y el carácter contradictorio de éstas, que se presentaba como una relación antagónica entre proletariado y burguesía. Ambas clases son las fundamentales y definitorias en el modo de producción capitalista, pero, como ya decíamos allí, no son las únicas clases existentes e intervinientes en el capitalismo. A la hora de analizar el problema de la vivienda en el capitalismo debemos hablar de otra clase social más: los rentistas. Lo haremos en general, describiendo su lugar en las relaciones sociales del capitalismo, para terminar concretándolo en la cuestión habitacional.

De primeras, ya dejaremos situado que el papel de esta tercera clase es accesorio a la contradicción entre capital y trabajo, en el sentido de que no define la esencia del modo de producción capitalista, sino que actúa en el marco de la relación entre proletariado y burguesía. Pero «accesorio», como veremos, no significa poco importante. En este artículo introductorio vamos a profundizar en las características de esta tercera clase y en las relaciones sociales que la crítica de la economía política pone de relieve. Por supuesto, siendo un artículo y de carácter introductorio, las nociones que daremos aquí serán básicas e inevitablemente simplificadas en algunos aspectos. Nada puede sustituir al estudio de primera mano: en El Capital es donde Karl Marx expuso que en el modo de producción capitalista coexisten la clase capitalista, la clase proletaria y la clase terrateniente. Concretamente, esto se desarrolla en el Tercer Libro de El Capital, que fuera editado por Friedrich Engels y publicado en 1894 (apartado Los réditos y sus fuentes). Hay obras posteriores de ambos autores donde el tema sigue desarrollándose, pero El Capital es el estudio fundamental sobre la cuestión (sobre el modo de producción capitalista, en general).

Abstrayéndonos por ahora de la explotación asalariada, diremos que las distintas clases que conviven en el modo de producción capitalista sobreviven gracias a los réditos que consiguen de sus respectivas actividades económicas (fruto de su lugar en las relaciones de producción, distribución y circulación): la clase capitalista obtiene su rédito de su inversión en capital que denominamos beneficio e interés; la clase proletaria consigue su rédito que denominamos salario a cambio del desempeño de su fuerza de trabajo; y el rédito de la clase terrateniente nace de la renta de la tierra que tiene en propiedad. Sobre los dos primeros, ya hablamos en el artículo citado al inicio y lo daremos por sabido.

Sobre el tercero, el rédito que saca el terrateniente nace fundamentalmente de dos fuentes: la fertilidad de la tierra y su ubicación. Marx analiza de forma prioritaria la primera, por su relación con la producción agrícola. Dice que el suelo, en ubicaciones de interés (cercanía al centro urbano, o su proximidad al centro industrial) o de una mayor fertilidad, puede rendir un mayor beneficio, lo que explicaría por qué dos tierras aparentemente iguales resultan en rendimientos diferentes. Pero no es este aspecto lo que nos interesa a la hora de analizar el problema de la vivienda, sino la renta obtenida sobre parcelas e inmuebles en contextos no agrícolas: doméstico, producción industrial y uso comercial/oficina. Es decir, donde Marx hablaba de terratenientes, nosotros hablaremos de rentistas en general, proyectando su análisis de los terratenientes hacia una forma más amplia del mismo fenómeno social. Estas rentas no agrícolas adquirieron aún mayor importancia con el desarrollo del capitalismo monopolista, del capital financiero, época analizada por Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, donde dio continuidad al análisis de Marx y Engels complementándolo con el estudio de los rasgos del capitalismo desarrollado hasta su última fase.

Poblado de chabolas «Jaime el Conquistador». 1957

¿Cuál es la relación social que se establece entre rentistas, capitalistas y trabajadores de forma elemental? ¿Qué consecuencias tiene dicha relación social en cada una de las clases?

En el primer número de esta revista decíamos que el capital sólo consigue un beneficio y/o interés en base a la explotación económica del trabajo, que transmite el valor de las máquinas y materias primas a las mercancías resultantes, a la par que le aporta nuevo valor; y este trabajo es pagado por debajo del valor total que es aportado y transmitido por el trabajador. Esta era la contradicción entre el capital y el trabajo, con la sustracción de plusvalía. Accesorio a esto, el rentista impone al capitalista un ansia de beneficio aún mayor, porque una parte de sus ingresos van a ir a parar a pagar por el suelo y/o inmueble en el que éste ha asentado su empresa. Los réditos obtenidos por el terrateniente/propietario y la búsqueda de un beneficio mayor por parte de éste empujan a los capitalistas a recrudecer la explotación sobre el proletariado, para mantener la tasa de ganancia. Aún no hemos llegado al problema de la vivienda, pero ya podemos ver cómo el rentismo perjudica simultáneamente al proletariado en diversos momentos de su existencia social.

El rentista usará los réditos de sus rentas para conseguir más tierras si es posible y expandir así sus fuentes de ingresos. Conviene señalar aquí, aunque no nos detengamos en ello, que la propiedad del suelo bajo el modo de producción capitalista da pie, además, al desarrollo desigual de este en base a la rentabilidad que devenga de su explotación: siendo el beneficio la motivación fundamental de los rentistas, su comportamiento en el marco del modo de producción capitalista agrava al máximo la contradicción entre campo y ciudad, concentrando las poblaciones y el desarrollo social en determinadas áreas, y esquilmando las áreas rurales. Prosigamos. Lo explicado hasta aquí es solo parte de la relación social entre rentistas y capitalistas. Siendo la tierra un recurso teóricamente finito donde puede llegar a no quedar suelo libre, y, también, por el mero hecho de la búsqueda de la máxima rentabilidad, el rentista buscará invertir sus rentas en otra parte para multiplicar o asegurar sus beneficios. Aquí es donde se dibuja el resto de la relación social entre rentistas y capitalistas, aunque veremos esto en profundidad más adelante.

Hablemos ahora de la relación más directa entre el proletariado y los rentistas. El proletario necesita, constantemente, recuperar sus fuerzas para trabajar de nuevo, y eso lo debe conseguir en algún lugar. Así pues, el proletario debe gastar una parte sustancial de su salario en conseguir un espacio donde reposar y recuperarse, y ese dinero lo pagará en alquiler al rentista, que tendrá ese espacio en propiedad, habilitado en las condiciones mínimas para tal objetivo en la medida que le sea posible. Dicho de otra forma, buscando maximizar la rentabilidad respecto de la inversión: siempre lo hará, claro, en pro de su propio interés, expresando así una contradicción entre el proletariado y el rentista; una contradicción que se manifiesta en la lucha salarial y la lucha por la vivienda, como parte de la contradicción entre el capital y el trabajo; cuestión sobre la que incidiremos más adelante. Esta dinámica se recrudece si hablamos del turismo y la gentrificación, elevando los precios, limitando la oferta disponible, expulsando a familias de sus actuales viviendas, etc. Si en el párrafo anterior veíamos que el interés del rentista empuja a los capitalistas a recrudecer la explotación salarial, vemos ahora cómo, también, sustrae después de forma directa gran parte del salario de los trabajadores en concepto de alquiler. Lo disminuye por una parte, lo esquilma por la otra.

Antes de continuar, abordemos lo siguiente: a nadie se le escapa que existen multitud de trabajadores que alquilan sus propiedades –en caso de tener alguna– a otros trabajadores, precisamente por no poder afrontar por sí mismos los gastos derivados de los alquileres que ellos mismos deben pagar, así como por los bajos salarios. Esto no es sino la consecuencia última, en el marco de las relaciones capitalistas, del efecto que produce la clase rentista sobre el proletariado. Estos casos no son equiparables en centralidad y volumen a la clase rentista propiamente dicha, ni son los que definen esta dinámica en el seno de la sociedad capitalista, como sí lo hace la clase rentista en sí. Más aún, estos casos existen solo como consecuencia subyacente a la realidad generada por el rentismo. Dicho de otra forma, un trabajador alquilando sus propiedades para poder sobrevivir no es la causa del fenómeno, ni tiene una posición social equiparable a la de la clase rentista. Recrudece el problema, desde luego, pero no es el origen de éste, sino fruto de él.

Cañada Real. 2025

Sigamos. También habremos oído que el proletario no debería vivir de alquiler, porque eso supone una sangría constante de sus réditos del trabajo. Y parece verdad abordado sólo desde la perspectiva del rédito, pero hace falta considerar dos cuestiones: el proletario normalmente vive ya al límite de lo que consigue, con suerte puede construir unos ahorros que le permitan comprar una vivienda, y para conseguir ese dinero muchas veces va a necesitar pedir un crédito o un préstamo a un banco, incrementando efectivamente el capital usurero, aquel que crea dinero del dinero. El proletariado no puede intentar escapar a la usura de los rentistas sino sumergiéndose en deuda con el capital, lo que no es otra cosa que entregar los réditos de su trabajo a los capitalistas, para beneficio de éstos. Consideremos, además, la realidad actual respecto a los préstamos hipotecarios y la adquisición de vivienda: una cuota de hipoteca puede ser inferior mensualmente a un alquiler, pero la cuantía del pago de entrada es a día de hoy cada vez más inasumible para sectores crecientes de nuestra clase, lo que le deja fuera de la posibilidad hipotecarse para comprar vivienda. En paralelo, poco puede ahorrar el proletariado para dar una entrada de una vivienda mientras debe seguir pagando alquileres desorbitados, pues entre tanto la vida sigue y algún techo para dormir es necesario.

Las tres relaciones sociales básicas desplegadas hasta este punto, cuando son vistas en conjunto, se manifiestan como una relación social global mayor de lo que éstas son por sí solas. El capital paga a los proletarios una parte incompleta del valor que ellos mismos han generado, los capitalistas pagan a los rentistas, los proletarios pagan también al rentista, los rentistas no solo cobran al capitalista por el alquiler de tierras e inmuebles, sino que van más allá y reinvierten en capital. A simple vista podría parecer que las tres clases se enriquecen de este flujo global del valor. No podría ser más engañosa la apariencia, como ya hemos podido ir viendo en los párrafos anteriores. Abordemos expresamente cómo es perjudicado el proletariado por estas relaciones sociales.

El capital paga a los proletarios, pero siempre por debajo del valor que éstos han creado, extrayendo el plusvalor y pagando un salario lo más ajustado a las condiciones de reproducción que le sea posible. Esto implica un salario de pobreza y un empleo no pleno con tal de crear una parte de proletarios desesperados por competir contra sus iguales por los mismos trabajos (el denominado ejército industrial de reserva, el desempleo y su miseria), empujando los salarios y las condiciones laborales a la baja. El salario pagado por el capital es gastado por el proletariado para comprarle al capitalista los medios de subsistencia (comida, ropa, etc., todos medios de consumo esenciales para la vida); así el salario regresa, al menos parcialmente, a la clase capitalista como venta de mercancías, como nuevo dinero, posibilitando así volver a empezar la rueda de la producción contratando a más trabajadores y comprando más máquinas y materiales auxiliares en lo que Marx denominó reproducción ampliada.

Los proletarios pagan al rentista, pero lo que sucede de forma oculta es que el capitalista paga al rentista mediante el salario del proletariado. El salario se gasta, fundamentalmente, en dos partes: los medios de subsistencia y el alquiler. Así pues, no solamente se exprime al proletariado en el trabajo, sino que en su lugar de reposo también es extorsionado de aquello que ha ganado con su sudor y que aparentaba ser rédito para él. No somos sino medios para que capitalistas y rentistas engrosen sus beneficios, recibiendo nosotros en el camino a duras penas lo necesario para subsistir, entregándoselo a otros y volviendo al día siguiente a trabajar.

Manifestación de la vivienda, Madrid. 2024

Capitalistas y rentistas forman un interés común, que por mucho que tenga sus propias contradicciones, no se dibuja como antagonismo, cosa que sí ocurre entre el proletariado y ellos. Antes decíamos que el rentista se encontrará un problema al querer ser el propietario del mundo, y es que no encontrará salida para invertir su nuevo dinero que le sea razonable en los suelos que encuentra en el mercado (o por no encontrar suelos o inmuebles, directamente). Pero no puede permitirse tener su dinero quieto, por lo que tiene que buscar una alternativa. Y encuentra su solución en el capital mismo: puede invertir en el capital que él mismo está arrendando, en los equipos técnicos que adecuan sus propiedades para él. El capital que se gasta en pagar alquiler y que cuenta como pérdida es, en realidad, una inversión a futuro, a contrataciones, a estabilidad. El interés del capitalista y el interés del rentista, a la larga, coinciden y se fusionan; el rentista actúa, sin saberlo, como capitalista, aunque no supone una superación positiva de la contradicción y diferencia de intereses entre ambos, sino una mediación por la que el capital recupera el valor invertido en el capital variable y una parte del constante, y lo recupera como capital dinerario, preparado para volver a empezar su ciclo productivo.

Esta inversión del terrateniente en el capital no está libre de tensiones. El capital consigue más actividades mediante las que extraer plusvalor, sí, pero una parte de este plusvalor ahora irá al rentista en forma de dividendos, como todos los inversores, repartiendo y distribuyendo entre más clases el mismo plusvalor. Si quiere que su ganancia (a nivel absoluto) se mantenga tendrá que emplear más trabajo, más proletarios, explotándolos más para aumentar la tasa de explotación, la tasa de extracción de plusvalor. La contradicción entre el capital y el rentista no la viven ninguno de ellos dos, sino que acelera el proceso de pauperización del proletariado y la proletarización de la pequeña burguesía, pues el gran capital y los grandes rentistas no hacen sino devorar a sus iguales más débiles, en el imparable ritmo de concentración y centralización de capitales del capitalismo contemporáneo.

Las tres relaciones de los réditos en conjunto describen un flujo global del valor que es absoluta e indiscutiblemente opresivo para el proletariado. El capital invierte capital constante para comprar mercancías industriales a otros capitales y para pagar el alquiler del suelo y/o inmueble al rentista. El capital variable (los salarios) que devenga el capitalista, de forma íntegra a excepción de los pocos ahorros que consiga acopiar el proletariado, circula mediante los medios de consumo y los alquileres para volver, finalmente, al capital como dinero nuevo, como capital dinerario a invertir en un nuevo ciclo productivo. Una parte del salario va a pagar al rentista, que de vuelta usará sus rentas para concentrar aún más las tierras y propiedades bajo su clase.

El flujo global del valor entre las tres clases, ya en perspectiva y puesto en movimiento, nos expresan las dinámicas que hoy en día vivimos, visto desde el ángulo del análisis científico. Recuperando las categorías que viéramos en el primer número de esta revista, diremos que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, consecuencia normal de la competencia generalizada y la imposibilidad de encontrar nuevos mercados, hacen necesaria una mayor explotación. Esta mayor explotación puede hacerse de diversas formas, como nos expone Marx: reorganizar el trabajo, ampliar la jornada laboral, reducir el salario (nominal o social, pues reducir servicios públicos también es «perder poder adquisitivo»), abaratar la inversión necesaria para los ciclos productivos, aumentar el ejército industrial de reserva (el desempleo), exportar los capitales a donde la tasa de ganancia aún no haya decrecido a esos niveles (por tener unas condiciones de explotación más beneficiosas para el capital), aumentar la temporalidad y estabilidad del trabajo, entre otros. Otra forma de aumentar la explotación laboral es aumentar los alquileres o imponer que éste sea temporal a niveles extremos, ahogar a los proletarios fuera del trabajo para que vayan a éste con mayor desesperación, con un nivel de vida decrecido y una miseria absoluta, refluyendo su salario a tener menos espacios donde vivir y pagando indirectamente a los capitalistas con la explotación sobre la que se sustentan.

La miseria económica y espiritual, tanto en el trabajo como en su vivienda, es la base de la existencia del proletariado bajo el modo de producción capitalista. Y ésta es una miseria que, sin un contrapeso organizado y proletario, sólo se intensifica. Esta es la enseñanza, en síntesis, que nos muestra la crítica a la economía política: el proletariado necesita emanciparse de sus cadenas, arrasando con todas las clases sociales y construyendo un modo de producción y unas relaciones de producción enteramente nuevas.