“La lucha de clases existe y la estamos ganando nosotros” dijo Warren Buffet, el tercer hombre más rico del planeta. La riqueza se concentra en un puñado de manos mientras en todos los países, seas de donde seas, vengas de donde vengas, se repite una misma realidad para la gran mayoría: trabajar sin descanso para salir adelante y sentir que vivimos solo en pequeños ratos de cada día.

En nuestro paíspresenciamos como cada vez es más difícil, casi un imposible, poder estudiar lo que queremos o poder independizarnos, ambas cosas, tan elementales, cuestan una innumerable suma de esfuerzos nuestros o de nuestras familias: una lista de trabajos precarios, un contrato temporal y de nuevo a buscar empleo. En nuestros barrios desahucian a nuestros vecinos, las calles se llenan de pisos vacíos, de pistas y canchas destrozadas y de casas de apuestas. Vivir con miedo es una constante, con miedo a protestar, con miedo a no tener perspectivas de futuro, aun más si eres mujer: con miedo hasta a ir sola por la noche. Y por todo ello, nos hemos acostumbrado a que  “depresión” y “ansiedad” sean palabras recurrentes en las conversaciones con nuestros amigos y compañeros.

Mientras, los políticos acuerdan en los parlamentos las medidas que condicionarán nuestras vidas para que ese puñado de capitalistas siga ganando, para que siga su curso este sistema que expulsa a familias enteras de sus casas y países a consecuencia de las guerras y el hambre. Ninguno de ellos, ni siquiera aquellos que dicen estar del lado del pueblo, cuestiona ni aspira a romper el modelo económico y social que genera nuestra miseria. La socialdemocracia, más o menos progresista, nueva o vieja, no hace sino insistir en que lo dejemos en sus manos y que nos conformemos con las migajas “posibles”. Esa es la gran victoria del capitalismo, habernos situados los límites de lo que podemos imaginar, de lo “posible”; su gran victoria es que ante esta realidad estrecha y asfixiante, aún haya quien decida no culpabilizarles directamente a ellos o ser indiferente.  Por eso, nuestra primera victoria, será hacer saltar por los aires esos límites.

Frente a sus “posibles”, cada día somos más los que hemos optado por elegir lo necesario, por elegir comunista, por revolucionarlo todo desde su raíz.  Cada día somos más los que frente a su política, la que se hace en instituciones y consejos de administración, decidimos construir nuestro propio poder desde nuestros centros de trabajo, institutos, facultades y barrios. Un poder que se oponga y plante cara también a esa reacción que crece y que busca que nos equivoquemos al señalar y nos culpemos entre nosotros. Cada día somos más los que hemos decidido no ser indiferentes, tomar partido y volver a levantar la bandera roja para anunciar: que ya es hora de empezar a ganar nosotros, que ya es hora de construir sobre las cenizas de este sistema una sociedad nueva, un país para la clase obrera.

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